viernes, 17 de febrero de 2012

El escondite

-Corre, corre, a prisa!
Escondido detrás de los matorrales, tras el viejo cementerio. Silencio.
Una tenue luz al fondo descubre las sombras del pueblo, sus casas en calma, siniestra tranquilidad. A un lado la iglesia, al otro los muros que separan la vida y la muerte, roídos.
El silencio me rodea, sólo el fulgurante traqueteo del corazón retumbando en mi pecho altera la quietud de la oscuridad y el sosiego reinantes.
Escucho el chasquido de la hierba seca rompiéndose bajo un zapato; se acerca. Retumba con más fuerza mi pecho, queriendo escapar del cuerpo.
Sólo es ella, y la tranquilidad me invade por instantes.
-Agáchate!
Su cálida tez se ha tornado de un color indescifrable,  igual que todo lo que le rodea. Parece que la noche tiña del mismo tono todo lo que abarca. Impregna con el mecer de la luna cada instante.
La respiración aún insiste en su esfuerzo por mantenernos alerta, pero, poco a poco, se sincronizan nuestros estados para mimetizar el momento y convertirnos en un todo indescifrable. Chico, chica, naturaleza.
Su mano roza la mía, siento un escalofrío penetrante que me inyecta bienestar, tranquilidad. Nos miramos desde dentro. Sombras, difusas siluetas y polvorientos recuerdos.
Rodea mi cabeza, yo agarro su cintura; nos besamos y salimos corriendo.
-Corre, corre, a prisa. Lo conseguiremos!