En un mundo errante, donde lo mísero se confunde con lo
efímero, la triste realidad se convierte en un recuerdo volátil. Los
pensamientos que nos hemos creado acerca de la realidad vivida ya no sabemos si
podemos siquiera creerlos, pues en la fragilidad de la memoria hemos dejado
caer el peso de nuestros recuerdos y añoranzas.
Y no critico aquí a esas añoranzas de niño que se pasean por
nuestra mente de vez en cuando, retrotrayéndonos a la infancia casi olvidada,
tampoco al olor que nos envuelve en sentimientos, ni la sonrisa espontánea de
escuchar aquella musiquilla que oíamos una y otra vez, embelesados, como si de
algo divino se tratase. To no critico eso, por supuesto.
Doy un grito y doy una patada a una puerta que estoy dejando
poco a poco, con el rechinar de una bisagra envejecida, cerrarse para siempre.
No echar el pestillo pero tampoco poner el pie evitando que se cierre a mis
espaldas, sin la valentía para afrontar lo que estoy dejando del otro lado de
la puerta, detrás, cada vez más lejos. Diciéndome a mí mismo que el pasado,
pasado está, que no puedo hacer nada por evitarlo, que la miserable vida que
tengo que soportar acompañando las benevolencias tiene que seguir ahí,
rodeándome, impregnando de un hedor tremebundo el resto de las cosas; porque no
puedo hacer nada.
Crecer añorando cada momento pasado, dejando que la memoria
actúe como filtro para devolvernos un día la infantil mirada que perdimos hace
tanto tiempo… Dejar que el brillo de nuestros ojos se convierta en un parduzco
gris mate que tiñe cada paso que damos, cada caricia que recibimos.
Doy un grito y una patada por los sueños cumplidos sin
saber que son sueños, por los momentos y horas sumergido en ociosas tareas que
no conllevan un fin concreto ni más recompensa que la de haberlo hecho, tampoco
el beneficio tangible que se espera de todos nosotros.