Ainielle nos llama en las frías noches de enero, reclamando nuestra compañía,
como un perro perdido (quizá abandonado) en medio de la gélida noche pirenaica.
Se le escucha gritar que está solo, que ahora sólo acuden almas solitarias, que en
un tiempo fueron sus hijos, ahora errantes sombras que vagan sin saber a dónde.
Cuenta que en la tranquilidad y belleza de su dominio, hallaremos un lugar enigmático, mágico e inolvidable que jamás podremos desprender de nuestro gran corazón.
Y que, cuando estemos en nuestros hogares, disfrutando de las comodidades de la vida en la ciudad, miraremos por la ventana del recuerdo, y veremos caer una fina lluvia amarilla, y una lágrima dorada, atravesando nuestra mejilla, anunciará que las hojas de los árboles vuelven a derrumbarse, y el invierno y el mundo siguen su camino, impasibles.
como un perro perdido (quizá abandonado) en medio de la gélida noche pirenaica.
Se le escucha gritar que está solo, que ahora sólo acuden almas solitarias, que en
un tiempo fueron sus hijos, ahora errantes sombras que vagan sin saber a dónde.
Cuenta que en la tranquilidad y belleza de su dominio, hallaremos un lugar enigmático, mágico e inolvidable que jamás podremos desprender de nuestro gran corazón.
Y que, cuando estemos en nuestros hogares, disfrutando de las comodidades de la vida en la ciudad, miraremos por la ventana del recuerdo, y veremos caer una fina lluvia amarilla, y una lágrima dorada, atravesando nuestra mejilla, anunciará que las hojas de los árboles vuelven a derrumbarse, y el invierno y el mundo siguen su camino, impasibles.
