En el trabajo
35 años, 2 meses, 4 horas, 33 minutos, 17, 18, 19, 20. Nunca llegó el segundo 21. En ese preciso instante decidió que empezaría a vivir. Colgó el ruidoso teléfono que le atormentaba a diario en esa claustrofóbica oficina de la planta 27 de la torre norte.
Se levantó, vió la vida volar por la ventana, escapándose, como cada día, y echó a correr para perseguirla.
Un centenar de diminutas astillas encefálicas salieron volando por los aires al explotar su cráneo contra el suelo.
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